Novatadas Universitarias: Rito, Control Social y Civilización del Cuerpo

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Capítulo 7. Un estudiante universitario cae por la ventana

En teoría, comparados con nuestros antepasados, nuestros contemporáneos serían unos auténticos angelitos. De ahí que, desde las ingenuas novatadas hasta las terribles guerras, hayan ido perdiendo, con el tiempo, su carga agresiva. Sin embargo, esta tendencia general no es incontestable.

Análisis social de las novatadas

Puede que las novatadas hayan perdido en agresividad, pero no así en espectacularidad. De hecho, su calidad siempre pudo medirse por la capacidad de llamar la atención entre los miembros de la comunidad. Los estudiantes universitarios formaban parte de las capas más poderosas de la población. La novatada servía para rebautizar a los privilegiados. La universidad consagraba la reproducción social por medios de la reproducción cultural, un proceso que se ha intensificado en el último siglo.

Es posible que estemos viviendo un hito en estos primeros compases del siglo XXI: la inversión del balance histórico, el triunfo de lo que siempre se consideró como saber inferior (los estudios técnicos o prácticos) sobre el superior. Las discusiones en clase dejan de ser modelos ordenados de debates que siguen las reglas de la retórica y la elegancia para convertirse en atolondradas conversaciones más propias del bar que del mundo académico. De esta forma, la universidad, el espacio de obediencia creado para generar y luego divulgar el amor por la norma, se convierte en un espacio de ruptura.

En este nuevo y revolucionario contexto, la novatada solo puede ser vivida por los estudiantes como una fiesta desprovista de contenido simbólico.

Pero el argumento que mejor evoca la pérdida de la función social de la novatada, y por extensión de la institución de saber superior, es uno de corte más dramático, que asoma no al principio, sino al final del ciclo. La novatada era un rito de iniciación cuyo final volvía a venir marcado por el ritual de la graduación. Pues bien, si miramos el proceso completo, veremos cómo los graduados de hoy en día no solo no van a formar parte de las élites, sino que van a engrosar las filas de los desempleados. La educación superior, hoy, no es un billete de ascenso social, sino de descenso a los infiernos de la exclusión social.

La domesticación del cuerpo

El autocontrol aumenta porque el cuerpo se somete a través de procesos de socialización que interiorizan el control social. De esta forma, expresa menos su posición biológica que sus estatus sociales. En el pasado, los hombres orinaban y escupían en las calles. Esas costumbres son vistas ahora como salvajes y poco civilizadas. La línea de la civilización domestica el cuerpo con una educación de masas basada en los hábitos de la higiene y la disciplina de la burguesía.

En los estados absolutistas no es la fuerza física, sino la etiqueta y el dominio del argot cortesano, lo que permite mejorar la posición social. El cuerpo emite señales sociales continuamente en el mercado de las relaciones sociales. Por ejemplo, es superior el que no tiene que trabajar; por eso el ocioso se pasea al lado del trabajador con traje. La elegancia, según esta interpretación, es un instrumento ideológico al servicio de los privilegiados que no tienen que trabajar para vivir.

El carácter social burgués se reorienta hacia el consumo, y el cuerpo se adaptará. En una primera fase, será la posesión del bien lo que marque la diferencia. En la España de los años 60, tener un coche distinguía socialmente. En esa segunda fase, cuando tener un coche ya no distingue, es la marca lo que diferencia.

Pero la socialización del cuerpo es un doble movimiento: la cara social del cuerpo se hace cada vez más pública, mientras que su lado privado se hace cada vez más íntimo. De hacer las necesidades en el patio de atrás hemos pasado a tener dos baños por hogar, y seguimos avanzando: lo ideal es que cada habitación tenga su excusado.

A la socialización y privatización del cuerpo hay que sumarle la tendencia a su racionalización. Sus potencialidades se explotan al máximo en la fábrica, a través de la organización científica del trabajo, que analizaba los tiempos y movimientos necesarios para cada tarea dentro de los procesos de producción (tiempos del fordismo).

Pacificación social: argumentos a favor y en contra

En principio, un conjunto de factores explicaría la pacificación de las sociedades modernas. Entre ellos destacarían la socialización del cuerpo, la división social del trabajo, la monopolización de la fuerza por parte de los Estados nacionales y la individualización del destino contenida en la concepción del trabajo burgués.

Una de las consecuencias sería la falta de excitación. Gozaríamos de más paz, pero también de más aburrimiento. Muchas personas buscan desesperadamente inyecciones de adrenalina que les hagan sentirse vivas. De ahí también que los sexólogos recomienden prácticas sexuales curiosas.

Si no salimos del cuerpo y nos colocamos en el plano social, convendremos en que tal represión acaba buscando, igual que en el paciente deprimido o impotente, una válvula de escape. Un buen ejemplo sería el carnaval: un breve paréntesis de unos cuantos días donde todo está permitido, es decir, donde se puede romper con la norma e invertir las jerarquías (el empleado puede convertirse en rey). Después, todo vuelve a su ritmo. Las novatadas serían como un carnaval, cumplirían la misma función, solo que a un nivel más específico.

En el nuevo estado encajan cada vez menos las viejas tesis de pacificación de la civilización moderna. A la represión social le cuesta cada vez más encontrar válvulas de escape legítimas e institucionalizadas. En el nuevo modelo, como la represión ya no obtiene recompensa de la seguridad, la gente termina preguntándose si vale la pena seguir pagando el precio de la obediencia a la norma.

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