Las Guerras Carlistas y la Regencia de Isabel II
El Conflicto Carlista
Al bando isabelino lo apoyaron las altas jerarquías del ejército, las clases urbanas, la Iglesia y el Estado. Por su parte, al bando carlista lo componían parte del clero bajo, la baja nobleza rural, los mandos intermedios del ejército y el pequeño campesinado, sumados a los sectores apostólicos. El carlismo arraigó principalmente en zonas rurales del País Vasco, Navarra, Aragón, la Cataluña interior y el Maestrazgo.
Los principales aspectos de su ideario ideológico eran:
- La defensa del absolutismo monárquico.
- La restauración del poder de la Iglesia y la imposición de un catolicismo excluyente.
- La defensa de la sociedad estamental.
- La preservación de las instituciones y fueros tradicionales.
Desarrollo de la Primera Guerra Carlista (1833-1839)
La guerra comenzó en 1833 y fue una contienda similar a la guerra de guerrillas de 1808 hasta que se configuraron partidas militares estables. El general Tomás de Zumalacárregui controló el mundo rural carlista, pero fracasó en el medio urbano; murió en 1835 durante el primer sitio de Bilbao. Entre 1836 y 1837, los carlistas emprendieron varias expediciones por el territorio nacional, e incluso Don Carlos llegó hasta las puertas de Madrid. En la zona del Maestrazgo dominó el general Cabrera.
La guerra fue sumamente cruel, por lo que Francia e Inglaterra obligaron a ambos contendientes a firmar el Convenio de Eliot en 1835 para garantizar la vida a los prisioneros y evitar las ejecuciones sin juicio motivadas por opiniones políticas. En 1837 Bilbao sufrió un segundo asedio, pero el general Espartero logró liberarla tras la victoria de Luchana.
Ante la imposibilidad de vencer y el agotamiento carlista, estos últimos se dividieron entre carlistas intransigentes y carlistas moderados, dirigidos estos últimos por el general Rafael Maroto, partidario de alcanzar un acuerdo. Tras la victoria de Luchana, Maroto y Espartero entablaron negociaciones que culminaron en el Convenio de Vergara (1839). Esta fue una contienda civil con importante proyección internacional, en la que Inglaterra, Francia y Portugal apoyaron al bando liberal.
Segunda y Tercera Guerra Carlista
El conflicto carlista permaneció latente durante el reinado de Isabel II y el Sexenio Democrático. Entre 1846 y 1849 surgió la Segunda Guerra Carlista ante el fracaso de los intentos de contraer matrimonio entre Isabel II y Carlos VI (conde de Montemolín); esta guerra resultó menos violenta.
En 1872 se inició la Tercera Guerra Carlista en el medio rural de las Vascongadas, Navarra y Cataluña, teniendo una menor incidencia en Aragón, Valencia y Castellón. Carlos VII estableció un gobierno en Estella, emitió moneda y obtuvo algunas victorias; sin embargo, en 1876 el general Martínez Campos los derrotó de manera definitiva y el pretendiente se exilió a Francia.
Consecuencias de las Guerras Carlistas
Las guerras dejaron cuantiosas pérdidas humanas y materiales, inclinaron a la monarquía definitivamente hacia el liberalismo e hicieron que los militares adquirieran un enorme protagonismo político, recurriendo en varias ocasiones a los pronunciamientos para instalarse en el poder. Por último, provocaron un agotamiento de los recursos económicos que condicionó las reformas del siglo XIX.
Por el Convenio de Vergara de 1839, los militares carlistas podían pasar al bando isabelino conservando su rango y antigüedad, junto a la promesa ambigua de respetar los fueros vascos y navarros. No obstante, en 1841 Navarra perdió gran parte de su estatus foral tradicional. En 1846 se produjo un nuevo recorte de los fueros por medio de conciertos económicos mediante los cuales, a través de una contribución anual, se sufragaban los gastos del Estado. En 1876 las Cortes abolieron finalmente los fueros de las provincias vascas, aunque en 1878 se aprobaron conciertos económicos especiales para el País Vasco y Navarra.
Isabel II (1833-1843): El Periodo de las Regencias
Durante la minoría de edad de Isabel II, la reina madre María Cristina de Borbón y posteriormente el general Espartero ejercieron la regencia.
La Regencia de María Cristina (1833-1840)
De 1833 a 1840, María Cristina asumió la regencia en contra de su ideario personal, apoyándose inicialmente en los absolutistas reformistas y en los liberales moderados. Mantuvo a Francisco Cea Bermúdez como jefe de gobierno, quien emprendió reformas como la división del territorio nacional en provincias, realizada por Javier de Burgos en 1833, que constituyó una de las bases del centralismo liberal; sin embargo, apartó a ciertas capas sociales del poder, lo que le restó apoyos.
En 1834 nombró como jefe de gobierno a Francisco Martínez de la Rosa, quien, con el fin de evitar el derrumbe del Estado, redactó el Estatuto Real de 1834. Este texto consistía en una carta otorgada concedida por la Corona sin la intervención directa de unas Cortes constituyentes, limitándose a reconocer las facultades de los otros poderes del Estado. Con el Estatuto se intentó buscar un equilibrio entre dos tendencias políticas: moderados y progresistas, quienes aspiraban a un pacto constitucional que hiciera posible el triunfo sobre las fuerzas carlistas.
Entre los rasgos más destacados del Estatuto Real figuran:
- Unas Cortes bicamerales con función meramente consultiva.
- El rey ostentaba el poder legislativo y la facultad privativa para convocar y disolver las Cortes.
- El reconocimiento a nivel constitucional del Consejo de Ministros.
Su promulgación, no obstante, no solucionó los problemas de fondo y funcionó como un freno para las reformas más profundas. Tanto Martínez de la Rosa como posteriormente el conde de Toreno se ciñeron a los márgenes del Estatuto y evitaron cambios drásticos. Mientras tanto, en las ciudades creció la tensión popular: 1835 se convirtió en un año de crisis y profundo descontento social que exigía transformaciones reales.
Ante esta coyuntura, la regente designó a Juan Álvarez Mendizábal como jefe de gobierno, quien reactivó el proceso de revolución liberal y promulgó una serie de reformas de calado. Como consecuencia, se desató la oposición frontal de la Iglesia, se ahondó el distanciamiento entre progresistas y moderados, y surgió el rechazo de mandos del ejército. Ante dicha inestabilidad, la reina nombró al moderado Francisco Javier de Istúriz. No obstante, frente al moderantismo de Istúriz y la mala marcha militar de la contienda civil, se produjo el Motín de La Granja de San Ildefonso de 1836.